Lo que se ha ocultado de los secretos de Fátima sobre lo que vendrá a la humanidad y a la Iglesia [2011-09-29]

[SdeT] La polémica sobre si se reveló todo lo que la Virgen dijo en Fátima sigue en pie a pesar de que en el año 2000 el Vaticano reveló el “tercer secreto”, que Sor Lucía había entregado para ser abierto en la década de los ’60, y que sucesivos papas lo leyeron y no consideraron oportuno publicar.

Los “fatimistas” no consideraron que lo que leyó el Cardenal bertone en el año 2000 fuera efectivamente todo lo que el Vaticano tenía en su poder, y se puede leer esta tesis en un post publicado por los Foros de la Virgen María El 4º secreo de Fátima o segunda parte del 3º secreto

En este artículo Cesar Uribarri trata de salir del corset de si hay un tercer secreto oculto y pone su énfasis en la necesidad de revelación de todo el mensaje, que fue artificialmente dividio en tres partes.

La verdadera historia oculta de Fátima es apasionante. Hoy sabemos que a la tenacidad de los fatimistas se les debe la publicación del tercer secreto. Debió reconocerlo el cardenal Bertone sin ambages, ante lo que desde Roma se consideraba como una presión casi insoportable. El padre Kramer era tenaz, y su cruzada visto lo visto, eficaz. Sin embargo tal presión no se vino abajo con la publicación del tercer secreto. Aquel año 2000 los fatimistas debían haberse sentido moralmente reconfortados, sin embargo algo oscuro evitaba cerrar el dolor ante una promesa incumplida desde 1960. El tercer secreto presentado por la Congregación del entonces Prefecto Ratzinger estaba vinculado a un texto manuscrito de sor Lucia que parecía chocar con todos los datos anteriores que de él se tenían. Y no de fuentes menores, que el mismo Cardenal Ottaviani había sido quien fijara el conocimiento vaporoso que se podía tener sobre él antes de su publicación: “está escrito en una hoja de papel”. Pero contra el parecer de las hemerotecas la congregación de Ratzinger presentaba un texto de 4 folios.

Cuando el periodista de Carlis le hace ver a Bertone tal contradicción simplemente el Secretario de Estado del Vaticano se lava las manos: “no sé porqué Ottaviani dijo eso”. Extraña forma de echar leña a un fuego en vez de apagarlo, pues ni era de prever que Ottaviani se hubiera equivocado en semejante cuestión, tal era el magnetismo que Fátima surtiría en aquellos años, ni era de prever que Bertone no supiera porqué el gran Ottaviani pudo decir “eso”. La cuestión no tenía más alternativa: u Ottaviani se equivocaba o verdaderamente existía tal manuscrito. Y Bertone sabía cual de ambas posibilidades era la correcta.

Al final la batalla, como todas las batallas de ideas, discurrió por el clarificador mundo de las publicaciones. Unos aportaban datos, otro se defendía. Huelgue decir quienes eran unos y quien otro. Pero esa batalla había cambiado de escenario: ahora el magnetismo que en su día despertara todo lo referente Fátima había disminuido, casi desaparecido. No en vano 100 años no son pocos años. Y desde aquel 13 de julio de 1917, en el que el Cielo le reinterpretó al hombre su misma historia dejando una misteriosa visión como colofón de unos mensajes desconcertantes, muchos habían sido los sucesos en la historia del hombre como para poder decir que no había pasado nada. Avances tecnológicos, médicos, científicos; cambios sociales, estructurales, nacionales. Y guerras. Predichas y acontecidas. Sin olvidar la presión al papado, desde dentro y desde fuera, hasta llegar al atentado en la plaza de san Pedro. Y aún con todo, ¡cuánto por saberse!: de la pista búlgara a la pista turca. Y Alí Agca sin entender aún porqué no había muerto el papa polaco.

En aquellos años en que no se sabía el contenido del tercer secreto cundía la extraña sensación de que mucho más estaba por ocurrir, y que mucho de “eso” habría sido predicho por el misterioso secreto. Pero tras la publicación oficial, la suma del tiempo transcurrido desde aquel 1917 junto con la interpretación teológica oficial, habían compuesto una música que hizo olvidar la letra. Letra tan evidente que era la misma literalidad del tercer secreto. Y así la pasada atracción de un secreto por revelar cedió ante un texto oficial que aparentemente reinterpretó unas imágenes de innegable peso dramático en otra imagen ya grabada en el imaginario contemporáneo de un papa desvanecido en su jeep en la plaza de san Pedro. “Todo pertenece al pasado”, parecía decir la Santa Sede. Y tamaño atrevimiento fue contestado con rapidez: “se nos ha burlado el tercer secreto”, dijo el sector fatimista y con ellos un sinnúmero de católicos de la intelligentsia mas reputada sumados al desconcierto de tal interpretación.

Y así comenzó la batalla del ordinal “tercero”. Unos por sentirse burlados, y otro por astuto, entrelazaron la trama que seguía alimentando una opinión pública cada vez más aburrida y olvidada del tema Fátima. ¿A quien le podía interesar si el tercer secreto estaba completo o no? Los hechos posteriores mostraron que a pocos. Y esa discusión, que iba apagando la atracción sobre Fátima, Bertone la alimentaba con gusto haciendo valer su capacidad estratégica, porque en el fondo lograba que cuanto más se discutiera sobre eso, más decayera el interés. Era un juego que se acabó reduciendo a sombra de si mismo: si el tercer secreto estaba completo o no. Y que cada vez interesaba menos y a menos. ¿No había logrado Bertone su objetivo: alejar el foco de atención sobre los agujeros manifiestos?

¿Qué agujeros? Una pista será dada por el mismo Bertone el día de la publicación oficial del tercer secreto. En aquella rueda de prensa posterior al desvelamiento se le preguntará si la frase “En Portugal se conservará siempre el dogma de la fe (…)” corresponde al tercer secreto. Su respuesta, si bien dubitativa en las formas, es tajante: pertenece al segundo. Podría parecer que tal respuesta es intrascendente. Pero no. Juan Pablo II se había empeñado en publicar el secreto, pero era consciente -y su think tank de la Santa Sede más aún- de que esa frase previa era de por sí una bomba. Y más aún si a esa frase le concluían unos puntos suspensivos enigmáticos. Algo más debió serle dicho a sor Lucia de lo que no dejó constancia. Por ello esos puntos suspensivos fueron vistos por todos los estudiosos como la clave del tercer secreto, en cuanto que esos puntos suspensivos debían ser el mismo tercer secreto. El problema renace cuando se publica el famoso secreto. No tiene encaje en dicha frase, principalmente porque el tercer secreto es una imagen visual y esa “frase” son palabras de la Virgen. Luego podría haber algo más en esos puntos suspensivos distinto a la imagen del tercer secreto. Pero la respuesta de Bertone en aquella rueda de prensa abre nuevas claves: lo más lógico era entender que esos puntos suspensivos perteneciendo al segundo secreto, fueran algo distinto del tercero. ¿Y no se había empeñado Bertone en decir que el tercer secreto había sido revelado completo? ¿Y no había empeñando la Santa Sede su palabra en que no faltaba nada del tercer secreto por darse a conocer? Ya sabemos por qué lo decían y porqué Bertone pretendía mantener esa discusión y en esos términos: porque el tercer secreto había sido revelado completamente pero no así el segundo. Y reconduciendo el juego a esos términos, se lograría alejar de la opinión pública la demanda de una respuesta nunca dada a esos puntos suspensivos y al mismo texto revelado del tercer secreto.

Salgamos por tanto de esa discusión. Volvamos a lo que ignoramos. ¿Qué falta de aquella frase sobre Portugal? ¿Qué quería decir sor Lucia con aquellos puntos suspensivos? La pregunta ya no puede ser si el tercer secreto está completo o no, ahora la pregunta es otra: ¿está completo el secreto global de aquel 13 de julio, esto es, el único secreto que los niños dividieron en tres partes? ¿Se ha dicho todo? ¿Hay algo oculto? Y aún con todo, desconcierta ver como incluso sobre lo revelado se han conseguido desplegar sombras del modo más sibilino ocultando lo manifiesto: toda una teología despreciada, silenciada, olvidada. Y con una fuerte carga profética. ¿Qué teología? La teología de la historia, de la batalla entre el bien y el mal, de la responsabilidad de la Iglesia, en la que, como al pueblo elegido, la infidelidad a su elección era acompañada de castigos y sufrimientos. ¿Y qué profecías? La narración de un papa concreto que morirá mártir, ¿o serán varios? La narración de un martirio global de las almas fieles a Pedro en un panorama de destrucción y violencias. Porque todo eso, así tal cual, lo narra el tercer secreto. Sin ambages, sin medianías. Y que algo de ello emerge naturalmente de su lectura lo constata la misma reacción de Juan XXIII cuando tras leer el secreto dijo que aquello no pertenecía a su pontificado, intuyendo que la narración gráfica excedía al horror comunista que estaba viviendo. O el mismo Juan Pablo II, cuando meses después de su atentando pediría a sor Lucia respuesta sobre sí faltaba poco para el cumplimiento total de lo profetizado. O el mismo Benedicto XVI cuando en su viaje a Fátima recupera la urgencia y seriedad de lo profetizado, sin olvidar cuando como Cardenal y Prefecto recordara que lo dicho en el tercer secreto aún podría estar pendiente de verificarse.

Por tanto las categorias temporales siguen desconcertando. Está claro que el Cielo habla en términos metahistóricos, no temporales. Pero también es cierto que toda categoría metahistórica está inserta en una realidad temporal, de la que habla y de la que se revela su sentido aclarando tanto sus porqués como sus hacia dónde. Por tanto, por mucho que haya transcurrido desde la advertencia, si la realidad moral que subyace por debajo no rectifica el rumbo, lo predicho no dejará de ser consecuencia previsible y verificable, por lo que al final, como en Nínive, lo que al principio fue evitado por una recitificación de los corazones, lo verificarán los tiempos futuros cuando se vuelva a las andadas. Sólo que Nínive escuchó una vez al menos las palabras del profeta, y estos tiempos nuestros se reafirman día a día en su desprecio.

Fuentes: Cesar Uribarri para Religión en Libertad, SdeT

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