El prodigio de la Incorruptibilidad de los cuerpos

 

La incorruptibilidad es el prodigio por el cual el cuerpo de ciertas personas permanece intacto, después de su muerte, durante años y aun siglos, sin haber experimentado una preparación especial. Numerosos Santos han merecido y siguen mereciendo este privilegio.

INCORRUPTIBILIDAD EN LOS SANTOS Y PERSONAJES PIADOSOS

Dom Guéranger nos relata que, el 20 de octubre de 1599, el cardenal Sfondrati halló el sarcófago de mármol blanco de Santa Cecilia. Contenía un ataúd de ciprés. La Santa

“estaba vestida con su túnica bordada en oro, sobre la cual se distinguían todavía las manchas de sangre virginal; a sus pies estaban las telas teñidas con la púrpura del martirio. Tendida sobre el costado derecho, los brazos unidos delante del cuerpo, parecía dormir profundamente. El cuello llevaba las cicatrices de las llagas de la espada del lictor que la había herido… El cuerpo estaba completamente íntegro…”

Habían pasado más de trece siglos desde el martirio.

San Claudio, obispo de Besanzón, murió en 699 a la edad de noventa y tres años. Se envolvió su cuerpo en perfumes preciosos y se le sepultó en la iglesia de la abadía de San Oyand (o de Condat, actualmente San Claudio). Cinco siglos más tarde, se le exhumó y fué hallado en perfecto estado de conservación. En 1447 el papa Nicolás V delegó a los abates de San Martín de Autun y de San Benigno de Dijon y de Beaume-les Moines para reformar la abadía que se había relajado.

En la relación que elevaron al Papa, esos tres delegados atestiguaron que el cuerpo de San Claudio permanecía sin corrupción a los ocho siglos de la muerte. El cuerpo fué colocado en un ataúd del que se abría un costado delante de los peregrinos. En 1742, el primer obispo de San Claudio, monseñor de Méallet de Fargues ordenó el reconocimiento de la autenticidad de las reliquias en la iglesia abacial. Y fué a la iglesia con el Capítulo y una comisión compuesta de varios médicos y notabilidades de la ciudad.

Se abrió el ataúd de San Claudio. Se reconoció en él un cuerpo de estatura ordinaria, al parecer de mucha edad, y en el cual cada miembro había conservado sus conexiones y situaciones naturales. Estaba entero, con excepción del meñique de la mano derecha, que parecía haber sido arrancado, y de la parte cartilaginosa de la nariz que estaba dañada. La parte izquierda del labio superior parecía algo retraída, pero la lengua era roja y todo el resto del cuerpo palpable y elástico. No había ni suturas ni aperturas hechas en el cuerpo; no exhalaba ningún olor aromático que pudiera hacer pensar en la embalsamación. Por eso los médicos que formaban parte de la comisión, declararon que:

“la incorruptibilidad de ese cuerpo durante casi doce siglos estaba por sobre los conceptos de su arte y sólo podían contemplarla con admiración por sobrenatural y milagrosa”. El cuerpo fué destruido por la Revolución.

Citemos el caso notable de la lengua de San Juan Nepomuceno. Martirizado por haberse rehusado a violar el secreto de la confesión, su cuerpo que había sido tirado en la orilla del río Moldava, en 1383, fué encontrado y enterrado en la catedral. En 1719, durante el proceso de su canonización, se abrió su tumba. Se halló el esqueleto totalmente descarnado, pero la lengua estaba intacta, “tan fresca y bien conservada como el día de la muerte”. Un cirujano que asistía a la apertura del ataúd, hizo una incisión en la extremidad del órgano y declaró que era idéntico al de un hombre vivo. La lengua fué colocada en una caja de plata con una inscripción que refiere el milagro.

En 1334, cinco años después de la muerte de Santa Rosalina, monja cartuja, su cuerpo fué hallado intacto. Hugo de Sabrán sacó los ojos, que colocó en un relicario. En 1660, esos ojos estaban todavía inalterados. Antonio Vallot, médico de Luis XIV, que lo acompañara por la Provenza, pinchó uno de ellos con una aguja y tuvo la prueba de que los ojos eran naturales. Por otra parte, el cuerpo se conserva intacto y recién en 1883 los daños causados por los insectos obligaron a tomar medidas de conservación (Pierre Sabatier, Sainte Roseline, Spés, París, 1929).

Entre muchos otros, señalemos el cuerpo de Rosa de Viterbo, que, como nos dice el abate Navatel,

“presenta aun hoy después de 600 años las apariencias de una muerte que fuera de ayer. La carne es suave, la cabeza y los miembros flexibles; sin el color oscuro o pardo de un fuego que quemó solamente el ataúd y las vestiduras de la Santa, sin el contacto frío de los cuerpos inanimados, se le creería dormido y viviendo…”

Santa Bernardina murió en Névers el 16 de abril de 1879. Fué inhumada en la cripta de una capillita del convento de San Gildardo. El 22 de septiembre de 1909, es decir, treinta años después, monseñor Gauthey, obispo de Névers, hizo realizar el reconocimiento de los despojos mortales. Los doctores David y Jourdán establecieron el informe médico de la exhumación, del que extractamos las líneas esenciales: doble ataúd de madera y plomo intacto, ningún olor a la apertura del ataúd, vestidos húmedos. Figura de un blanco mate, párpados cubriendo los ojos, cuerpo apergaminado, rígido, sonoro en todas sus partes, cabellos, cejas y pestañas (excepto en el párpado superior derecho) y uñas adherontes; vientre encavado sonoro. Rigidez que permite dar vueltas al cuerpo para lavarlo.

El cuerpo, revestido del hábito religioso, fué colocado en un ataúd forrado de cinc, amortajado con satén blanco y devuelto a la cripta de la capilla.

El 3 de abril de 1919 tuvo lugar el reconocimiento del cuerpo, en vista de la beatificación. El examen médico fué confiado a los doctores Comte y Talón, que debían hacer cada uno una relación separada: vestiduras húmedas, nada de olor, piel desaparecida en algunas partes del cuerpo, órbitas encavadas, partes muelles de la nariz parcialmente destruidas o fuertemente retraídas sobre el esqueleto; venas sangrando en los pies y miembros superiores, cabellos y cejas adherentes, uñas de las manos adherentes, pero móviles, uñas de los pies en parte desaparecidas. Cuerpo rígido, que permite fácilmente el desplazamiento. En resumen, un cuerpo momificado, muy bien conservado. El cuerpo ha sido vuelto a vestir, se le ha colocado en un ataúd y devuelto a la cripta de la capilla.

El 18 de abril de 1925, es decir 46 años después del deceso, nueva exhumación para extraer reliquias, misión confiada a los doctores Comte y Talón. Nada de olor; tinte negruzco de la cara, manos y pies; vestidos húmedos; cuerpo rígido. Estado análogo al de la exhumación de 1919. Los músculos son suaves a la palpación y dos fragmentos retirados demuestran su buen estado de conservación; el hígado está igualmente intacto. El Dr. Talón termina su informe:

“En resumen, creo que nos hemos hallado en presencia de un cuerpo momificado, muy bien conservado”. El Dr. Comte concluye el suyo: “De este examen deduzco que el cuerpo de la Venerable Bernardina está intacto, el esqueleto completo, los músculos atrofiados pero bien conservados; la piel apergaminada es la sola que parece haber sufrido el efecto de la humedad del ataúd, ha tomado un tinte grisáceo y está recubierta do algunas mojaduras y de una cantidad bastante grande de sales y cristales calcáreos, pero el cuerpo no parece haber experimentado la putrefacción ni la descomposición cadavérica habitual y normal, después de tan larga permanencia en una cripta cavada bajo tierra.

La cara y las manos han sido recubiertas de cera y el cuerpo ha sido colocado en un ataúd que ha sido puesto en la capilla del convento.

En abril de 1929, en ocasión de la traslación del cuerpo del Padre de Foucauld, asesinado el 1° de diciembre de 1916, su cuerpo estaba en perfecto estado de conservación, mientras que los de tres mehalistas indígenas, asesinados simultáneamente, estaban reducidos al estado de esqueletos.

El 21 de marzo de 1933 tuvo lugar la exhumación de la bienaventurada Catalina Labouré, muerta 57 años antes. El ataúd exterior estaba casi totalmente destruido; el ataúd de plomo tenía una grieta, que a pesar del ataúd de abeto, había dejado penetrar la humedad y hacer desteñir el color del vestido sobre la mano de ese lado. Mortaja, sudario, vestidos algo húmedos.

“Examinando el cuerpo, escribe el Dr. Roberto Didier, comprobamos la perfecta flexibilidad de los brazos y de las piernas. Esos miembros han experimentado sólo una leve momificación. La piel está intacta en todas partes y apergaminada. Los músculos están conservados; se podría disecarlos perfectamente como una pieza anatómica… Finalmente, los ojos están todavía en las órbitas; los párpados dulcemente entreabiertos, pudimos comprobar que el globo ocular, aunque amasado y desecado, existe entero y que hasta el color gris-azul del iris sigue subsistiendo”.

El 31 de julio de 1933 se realizó el reconocimiento de los restos del Padre Esteban Pernet, fundador de las Pequeñas Hermanas de la Asunción, fallecido 44 años antes. Monseñor Chaptal presidió el acto; estaban presentes los doctores Arnoud, Ménard y Bosvieux. El cuerpo se hallaba notablemente conservado.

INCORRUPTIBILIDAD NO RELIGIOSA

Encontramos, parece, sólo una momificación natural, y no una verdadera incorruptibilidad.

a) En las arenas calientes del desierto, como en Korassan, en Persia, donde Chaidin relata que se han hallado cuerpos conservados después de dos mil años. En 1896, las excavaciones en Antinoe, en Egipto, pusieron a la luz centenares de momias naturales.

“Esos cuerpos ofrecen la particularidad que no están embalsamados, sino solamente desecados. La acción de la arena caliente hasta el color blanco por el sol del Egipto los ha preservado mejor de lo que hubieran podido hacerlo los aromas más sutiles; los tejidos calcinados han alcanzado la dureza de la piedra. Han llegado hasta nosotros, intactos, pero arrugados y repugnantes”. (Revue encyclopcdique, 1898).

b) En las criptas. Se citan a este respecto Burdeos (Saint-Michel), Saint-Bonnet-le-Chateau, en el Loire (iglesia), Tolosa (Franciscanos y Dominicos), Bonn (iglesia del Calvario), Bromen (catedral), Graz (los Capuchinos), Kiew, Palermo (los Capuchinos), Quedlinburg (castillo), San Bernardo (hospicio), Viena (convento de Kahlenberg). Mas para muchos de esos lugares, el papel de la cripta donde están expuestas las momias es nulo; en Tolosa los cadáveres se sepultan primero en los sepulcros de las iglesias y claustros, donde los cuerpos se momifican. En seguida son exhumados y colocados en las criptas de exhibición. Igualmente las momias de Saint-Michel de Burdeos parecen proceder de cuerpos inhumados en una veta de tierra particular que atraviesa el cementerio.

Cuando se abren las tumbas, los cuerpos o las partes de los cuerpos que se han encontrado en esa veta, están momificados y se los coloca en la cripta de Saint-Michel, mientras que la osamenta retirada del resto del cementerio se coloca en el osario que se halla debajo de la cripta. Esta inhumación previa parece ser habitual también en otras partes (Palermo, etc.) La morgue del San Bernardo es una excepción, pero en ella interviene el frío.

c) En los cementerios. — Se dio el caso de que el cadáver de un hombre guillotinado en Chartres, en 1874, e inhumado sin mortaja ni ataúd, en un terreno compuesto de arena fina, se halló perfectamente conservado más de diez años después.

Las momias halladas por Thouret y Foureroy, en el cementerio de los Santos Inocentes de París, y las halladas en el cementerio de San Eloi en Dunkerque, fueron objeto de estudios muy exactos.

Recordemos que durante la demolición de la antigua prisión inglesa de Horsemonger Lañe se halló el cadáver de un asesino, Manning, tan bien conservado que dos o tres entre los guardianes más viejos de la prisión no tuvieron dificultad alguna en reconocerlo (Lewys, Les causes célebres de l’Anglaterre, Charavay, París, 1884).

Finalmente, en las Notes de voyage en U. R. S. S. y aparecidas en el Correspondant, el autor habla del museo antirreligioso instalado en la catedral de San Isaac en Leningrado:

“Se nos muestra —escribe— la momia perfectamente conservada de un célebre asesino, refiriendo este hecho a la pretendida conservación milagrosa del cuerpo de algunos santos…”

APRECIACIÓN DE LOS HECHOS

Se impone una observación preliminar: se encuentra cierta incomodidad en esta apreciación, por la falta de precisión del vocabulario empleado por los autores; se habla fácilmente de “cadáveres perfectamente conservados”, cuando se trata de momias secas. Así para el guillotinado de Chartres, el Dr. Chappert lo dice “perfectamente conservado”; y agrega:

“El mismo resultado pudo obtenerse experimentalmente con cadáveres de pequeños animales. Hemos podido observar personalmente el cuerpo de una rata notablemente momificada… Esa rata, de la que no quedaban más que los huesos y la piel…”

Podemos pensar por lo tanto que el guillotinado de Chartres ofrecía el mismo resultado, es decir se hallaba en el estado de momia seca.

También el Dr. Bourderionnet, en su tesis, habla de los cuerpos de la

“cripta de los Franciscanos y Dominicos de Tolosa, donde se ha hallado cadáveres en un estado de perfecta conservación”.

Y cita Orfila a este respecto:

“El esqueleto óseo y la piel que lo cubre se hallan perfectamente conservados y le permiten sostenerse en esa postura. Todas las partes internas del cuerpo (musculares, tendinosas, cartilaginosas, el hígado, los pulmones y todas las visceras contenidas en las tres grandes cavidades) se parecen a la yesca: caen en polvo cuando se las presiona con los dedos…”

La perfecta conservación no religiosa corresponde, pues, simplemente a la momificación natural. Y esta cuestión de vocabulario tiene una importancia considerable, porque la perfecta conservación religiosa implica generalmente la conservación de la flexibilidad de los tejidos, de la flexibilidad de las articulaciones y la ausencia de retracciones por desecación, que dan un aspecto repugnante o grotesco a las momias de Antinoe, de Palermo, de Burdeos, etc. Santa Cecilia, después de trece siglos, está igual que cuando se la colocó en el ataúd. No parece por lo tanto posible una asimilación entre tal incorruptibilidad y la momificación natural.

Así podemos lograr una consideración de conjunto de la cuestión.

a) La destrucción del cadáver requiere un tiempo variable, de 15 a 18 meses según Orfila, de 30 a 40 años según Gmelín. En Francia, se admite la destrucción habitual en menos de cinco años y ésta es la base en que se ha establecido la legislación sobre las sepulturas. El Dr. Chavigny (Strasbourg medical, 1933) señala la conservación, a menudo durante meses y años, de las visceras internas, que permite comprobaciones médico-legales tardías.

b) Condiciones especiales, humedad considerable, inhumación en masa, llevan a la saponificación de los cadáveres, a su conservación en estado de momias grasas. No hay medio de detenernos en el caso, porque se produce un aplastamiento de los cuerpos y un reblandecimiento, que torna evidente la alteración.

A la inversa, en ciertos terrenos, en ciertos sepulcros, en condiciones todavía mal determinadas, se produce una desecación, una momificación seca, que sustrae el cadáver a la putrefacción habitual. Al contrario de los cadáveres afectados por el proceso de la putrefacción, que —según el Dr. Chavigny— ven alterarse primero los tegumentos externos, en la momificación la piel apergaminada resiste mucho tiempo, mientras que el interior se reduce a una sustancia friable y polvorienta.

c) En las exhumaciones piadosas, como la del cuerpo de Santa Bernardina, se halla el cuerpo en parte desecado, lo que hace pensar en la posibilidad del proceso precedente y no ha permitido a los médicos que han asistido a tres exhumaciones, excluir una causa natural para la conservación, sin embargo notable en su conjunto, del cuerpo de la Santa.

En tal caso se plantea un interrogante: habría que conocer cómo se comportaron o se comportarían cuerpos sepultados en la misma forma, en la misma cripta. Y aun teniendo este dato, habría que tener en cuenta que se han hallado cuerpos momificados al lado de cuerpos reducidos al estado de esqueletos, en cuyo caso juega ciertamente un factor individual.

La rigidez, la desecación parcial, hasta alteraciones mínimas del cadáver recomendarían la reserva frente a la afirmación de una intervención sobrenatural. Pero entretanto no debemos olvidar que Dios se sirve de causas secundarias para llegar al fin, y que una conservación desacostumbrada, sobre todo sin deformación del rostro y de la actitud del Cuerpo, aunque no absolutamente imposible en vía natural, debe hacer pensar en la posibilidad de una gracia de su parte.

d) Finalmente, hay casos que parecen muy netamente milagrosos, como la conservación de la lengua de San Juan Nepomuceno, cuando todo su cuerpo está destruido; como la incorruptibilidad con toda su flexibilidad del cuerpo de Santa Rosa de Viterbo; como la del cuerpo de San Claudio, que en 1769, a más de 1000 años después de su muerte, presentaba una carne “palpable”, la lengua intacta, el rojo del paladar visible a través de la boca entreabierta, el brillo de los ojos…

Sin duda, ese estado no es eterno y esos cuerpos santos, después de siglos de incorruptibilidad caen finalmente convertidos en polvo; sin duda, algunos pueden experimentar internamente un proceso de desintegración, que un día los hace desaparecer en ceniza. Pero esa misma integridad limitada en el tiempo, esa misma incorruptibilidad limitada en calidad, nos parece exceder el proceso aún más excepcional de la evolución del cadáver.

Por eso, ya con seguridad, ya con más o menos probabilidad, la incorruptibilidad absoluta o relativa de los cuerpos santos puede manifestarnos la calidad de la virtud de los que los han animado durante su vida terrenal.

PRODIGIOS PARTICULARES DE ALGUNOS CUERPOS SANTOS

Hemos hablado ya de los fenómenos luminosos y odoríferos presentados por algunos cadáveres de personajes piadosos. Se ha comprobado muchas veces la producción por el cuerpo de un líquido perfumado, calificado, según los casos, de aceite, de bálsamo, de agua, de maná.

Juan Clímaco (muerto en 606) narra, en su Escala del Paraíso, con respecto a un santo religioso, Menas:

“Mientras realizábamos para él el servicio divino, el tercer día después de su muerte, el sitio en que se hallaba su cuerpo, se llenó de pronto de un olor maravilloso. El Abate permitió entonces abrir su ataúd y vimos fluir de las dos plantas de los pies, como de dos fuentes, un bálsamo perfumado”.

Cuando se retiró el cuerpo de Magdalena de Pazzi (1566-1607), un año después de su muerte, se le halló intacto y de él manó un aceite durante doce años, después de lo cual la producción se detuvo, pero el cuerpo permaneció incorruptible.

Se citan hechos análogos de la bienaventurada Juana de Orvieto, la bienaventurada Margarita de Castello, etc. En la bienaventurada Eustoquio (1437-1491), cuyo cuerpo estaba sin corrupción tres siglos después del fallecimiento, todos los viernes y todas las grandes fiestas se formaba un sudor perfumado.

Un caso notable es el de María Margarita de los Ángeles (1605-1658), cuyo cuerpo destiló más cien ampollas de un aceite que fué consumido en la lámpara del santuario.

Cuerpos enteros de Santos transformados en aceite odorífero, como aconteció con el bienaventurado Ángel de Oxford, el Venerable Francisco Olimpio, etc.

Finalmente ocurre que la osamenta de un Santo deja manar un líquido, como el “maná” de San Nicolás de Bari, que un tiempo parece haber sido un aceite, y que sin embargo es un agua muy pura (análisis del Instituto de Higiene de Bari en 1925). No parece que se trate de la condensación de la humedad atmosférica.

De todos modos, estos hechos nos enfrentan con tres órdenes de prodigios:

a) Exsudación de líquido de la osamenta; nos faltan informaciones suficientes al respecto.
b) Transformaciones de un cuerpo humano en aceite odorífero. El proceso de saponificación, de la producción de grasas de cadáver, el de la producción de gas inflamable durante la descomposición de los cadáveres, permiten comprender el fenómeno, pero, como esto no parece acontecer más que para cuerpos santos, es creíble que sea necesario un milagro para dirigir esta evolución específica de los restos humanos;
c) Secreción de un aceite o de un sudor perfumado, quedando entero e incorruptible el cuerpo. En este caso no se ve otra posibilidad que la del milagro, que pueda realizar ese prodigio, cuyo mecanismo biológico se nos escapa íntegramente.

Fuente: Dr. Henri Bon, Medicina Católica, (1942)

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