Gran difusor de las apariciones de Garabandal en EE.UU. y el mundo.
El jueves 19 de junio de 2014, The Workers of Our Lady of Mount Carmel of Garabandal, asociación creada por Joey Lomagino en EE.UU., confirmó su muerte el día anterior, el mismo día de la fiesta de Garabandal, de un ataque al corazón a las 10:30 en su casa.

 

conchita y joe lomangino

 

El 19 de marzo de 1964, la vidente Conchita de Garabandal le escribió la siguiente carta a Joey Lomangino: 

“Día de San José, 1964. Querido Joey, Hoy en una locución en los Pinos, la Virgen me dijo que te comunicara que la voz que tú oíste era de Ella. Que tú recibirás nuevos ojos en el día del gran milagro. También me dijo que el hogar de caridad que fundarás en Nueva York dará gran gloria a Dios. Conchita González”.

No hay información si Joey Lomangino recobró la vista antes de morir, pero el propio Joey en los últimos tiempos decía que sería agraciado con “ojos nuevos”, los “ojos de la eternidad”.

QUIEN ES JOEY LOMANGINO: ACCIDENTE Y CEGUERA

Joey (Joseph) Lomangino nació en 1930 en Brooklyn, New York; el mayor de cinco hijos y una hija. Su padre, Pasquale Lomangino era un trabajador italo-americano que distribuía hielo y carbón a unos trescientos clientes y con eso apenas ganaba para vivir. Joey fue una ayuda muy grande para su padre y con él, la empresa Lomangino empezó a prosperar.

Cuando Joey tenía 16 años, en un caluroso día de junio de 1947, un accidente cambió las esperanzas familiares. Debía llevar el camión de distribución a su padre, pero observó que primero había que inflar la rueda trasera izquierda. Se colocó con ambas rodillas sobre la rueda, mirando hacia abajo, mientras medía la presión. La cubierta estalló y le quebró los huesos de la parte inferior de la frente; una fractura que le cortó el nervio óptico y el olfativo y también perdió los globos oculares. Estuvo en coma tres semanas y despertó, ciego, el 16 de julio. Una pequeña cicatriz mostraba dónde la llanta golpeó a Joe.

El accidente sumió a la familia en la pobreza. Joey recuerda esos días, que duraron siete largos años,

“como años de una gran tristeza. Yo sentía que me había esforzado en alcanzar algo que estaba a punto de conseguir y que de repente se malogró. Era tristísimo, como si hubiera perdido algo. Estaba confundido y apenado”.

EL PADRE PÍO Y JOEY LOMANGINO

Luego de un prolongado y penoso período de reajuste, salió triunfante convertido en un importante hombre de negocios, pero muy cansado por el esfuerzo y el exceso de trabajo. Su médico le sugirió que tomara unas vacaciones en Europa, así que salió de su casa en Lindenhurst, Nueva York, con algunos familiares a visitar a su tío en el sur de Italia.

Joey no era practicante en aquellos tiempos, y fue sólo para complacer a su tío que accedió a un largo viaje en auto, el cual concluyó en San Giovanni Rotondo donde vivía el Padre Pío. Joey no sabía nada del Padre Pío en aquel entonces, y ciertamente no esperaba tener un encuentro personal con él. Al terminar la Misa se encontró en un cuarto con otros hombres que esperaban recibir la bendición del Padre Pío cuando éste pasara por allí.

Joey recuerda los hechos:

Cuando el Padre Pío entró en la habitación todos nos arrodillamos para recibir la bendición. Entró por el costado izquierdo del cuarto y lo atravesó por el frente. Oí el movimiento de rodillas, sin saber qué pasaba. De repente, el Padre Pío puso sus brazos sobre mí. Me besó en la frente y me dijo:

“¡Joey, me alegro tanto de verte!”.

Fue mi tío quien me dijo que era el Padre Pío quien me abrazaba; yo no sabía qué decir, pues había sido casi el último en entrar, y nadie sabía que yo iba a ir, ni yo mismo.

Joey quedó profundamente impresionado. No pudo regresar en 1962, pero lo hizo en 1963. En esta ocasión decidió ir a confesarse con el Padre Pío.

Fui a ver al Padre Pío al confesionario, arrodillándome en el reclinatorio. El Padre Pío estaba sentado frente a mí. Me tomó de la mano, cosa que me impactó por su contraste con el confesionario americano, con paneles entre el sacerdote y el penitente. Me dijo entonces:

“Joey, confiésate”. 

Para ser muy franco, encontré esto muy embarazoso pues no estaba llevando una vida correcta. Estaba confundido y no sabía qué decir. Entonces el Padre Pío me dijo en italiano:

“Confiésate”. Pero de nuevo no encontraba palabras qué decirle.

Entonces, en perfecto inglés, me dijo:

“Joey, ¿recuerdas cuando estuviste en un bar con una mujer de nombre Bárbara? ¿Recuerdas los pecados que cometiste?”

Y, en perfecto inglés, me recordó los sitios donde había estado, las personas con las que había estado, y los pecados que había cometido. Sudando de angustia, tuve la gracia de reconocer que valía la pena soportar todo eso si ello significaba volver a ser feliz.

Realmente creía que el Padre Pío podría ayudarme. Cuando llegó al fondo de lodos mis pecados, después de lo que me pareció como un millar de años, me dijo en italiano:

“¿Estás arrepentido?” 

Y yo contesté:

“Si, lo estoy, Padre Pío”.

Al darme la absolución, los ojos comenzaron a rodarme en la cabeza. Me restregué los ojos con las manos, mientras la cabeza me daba vueltas y más vueltas. De repente, mi mente se aclaró total y completamente. Entonces puso su mano estigmatizada sobre mis labios y yo besé los estigmas. Me dio entonces un ligero golpe en la cara y me dijo en italiano:

“Joey, un poco de paciencia y coraje y vas a estar bien”.

Tenía 33 años y me sentía de 16. Tenía el firme propósito de enmendar mi vida. Estaba arrepentido de todos los pecados que había cometido durante mi vida. Me sentía tan bien, tan limpio, que no quería siquiera involucrarme con nadie por miedo a perder la gracia recibida por sólo hablar con alguien.

Pero había aún otra gracia más preparada para Joey mientras se arrodillaba con otros hombres para recibir la bendición del Padre Pío.

Cuando sufrí el accidente en 1947, perdí no sólo la vista sino el sentido del olfato. Al arrodillarme para recibir la bendición, quedé atónito al percibir la fragancia de rosas que venía de la sangre en sus manos. Me eché hacia atrás contra la pared y levanté los brazos para protegerme, pues no sabía qué pasaba. El Padre Pío bajó mis brazos y me dijo en italiano:

“Joey, no tengas miedo”,

Y me tocó en el puente de la nariz, devolviéndome el sentido del olfato después de estar sin él desde el día del accidente, en junio de 1947, hacía 16 años.

Joey estaba sobrecogido de paz y alegría y no quería abandonar San Giovanni Rotondo. Sin embargo, su compañero de viaje, Mario Corvais, le recordó su compromiso de pasar parte de sus vacaciones en un sitio llamado Garabandal.

Cuando Mario me recordó que teníamos que irnos para Garabandal le dije:

“Mario, ¿cómo sabemos que es verdad? Tal vez no es una aparición verdadera; tal vez es un truco del demonio para hacerme perder las gracias que acabo de recibir. Vamos a preguntarle al Padre Pio”.

Siempre fuimos objeto de una muy calurosa bienvenida por parte de los sacerdotes donde el Padre Pío. Fuimos donde ellos y les dije:

“Me gustaría hablar con el Padre Pío, ¿está bien?”

Y el sacerdote me contestó:

“Ah, bueno, Joey”.

Así que hizo los arreglos necesarios y volvimos de nuevo más tarde para reunimos con él en el claustro. Al arrodillarme frente a él dije,

“Padre Pío, ¿es cierto que la Virgen se está apareciendo a cuatro niñas en Garabandal?”.

Y él dijo: “Sí”. 

Entonces le dije: “Padre Pío, ¿debo ir allá?”

Y él respondió; “Sí. ¿Por qué no?”

Y así es como pasó. Fue debido a que el Padre Pío me aseguró que la Virgen se estaba apareciendo allá, y me permitió ir.

LA VISITA A GARABANDAL

Allí conoció a Conchita. Volvió de nuevo en marzo de 1964.

De regreso a su país recibió una carta de Conchita, con fecha 19 de marzo de 1964, en la que le decía, de parte de la Virgen, que volvería a ver el día del Milagro.

El 18 de junio de 2005, al cumplirse cuarenta años desde el día del Segundo Mensaje, en 1965, Joey escribió una carta en la que se hace eco de los correos que recibe de gente ansiosa por saber algo sobre la fecha del Milagro. Aclara lo siguiente:

“Quiero asegurarles que lo comprendo y que creo realmente que el día del gran Milagro tendré nuevos ojos y que, como dijo Nuestra Señora, ‘Serán para Gloria de Dios’. Hasta entonces, esperemos, recemos y miremos a los sucesos de Garabandal que están por venir”.

¿Cómo sucederá ese milagro anunciado por la Virgen? Es arriesgado aventurar detalles. Basta señalar que en la carta que Conchita le escribió, dice simplemente que tendrá nuevos ojos.

En sentido parecido se pronuncia en una entrevista de 1973 cuando afirma que la Virgen

“dijo que recobraría la vista el día del Gran Milagro. También habló de un niño paralítico cuyos padres son de mi pueblo (Garabandal). Este niño también sanará. Esas son las únicas dos personas de quienes habló”.

Sin embargo, en otra entrevista posterior, en 1974, precisó más:

“Acerca de Joey, todo cuanto recuerdo ahora es que la Santísima Virgen me dijo que en el momento del Milagro, Joey tendría nuevos ojos y que a partir de entonces vería permanentemente”.

LOS TRABAJADORES DE NUESTRA SEÑORA DEL MONTE CARMELO DE GARABANDAL

Después de esa primera visita a Garabandal en 1963, Joey Lomangino hizo muchas más. Se hizo amigo de Conchita y de las demás videntes, y al regresar a los Estados Unidos comenzó a difundir la historia del Padre Pío y de las apariciones de Garabandal. En 1968 fundó la organización de los Trabajadores de Nuestra Señora del Monte Carmelo (The Workers of Our Lady of Mount Carmel).

Cuando Joey volvió a Nueva York en 1963, después de sus conversaciones con Conchita en Garabandal, pensó: “¿Qué puedo hacer yo para contribuir a la difusión del mensaje?”. Tenía grabado en su corazón el encuentro con el Padre Pío y el milagro físico y espiritual que este santo sacerdote había obrado en él. También la vidente Conchita le había dado un Rosario que la Virgen había besado. Había oído los testimonios de muchas personas tanto en San Giovanni como en Garabandal. Además de todo esto, tenía un álbum de fotos que le consiguió su amigo Mario.

Con su álbum y el Rosario en su bolsillo, Joey comenzó a dar testimonio, de casa en casa, empezando con las de los parientes y amigos. Sus presentaciones pronto se convirtieron en “conferencias”. Hablaba del amor de Dios por todas las gentes. Recalcaba la urgencia que emana de las visitas de Nuestra Señora a Fátima y ahora a Garabandal. “Nuestra Señora vino por amor. Debemos responder con amor”. Se fue corriendo la voz sobre este ciego que relataba las apariciones de la Virgen en España. Pronto ya no bastaron los fines de semana para su apostolado. Comenzó a dar citas uno o más días durante la semana y reclutó a varios amigos para ayudarle.

Joey volvió regularmente a Garabandal después de 1963 y estuvo allí el 18 de junio de 1965, durante el Segundo Mensaje. En 1968, Joey Lomangino fundó la asociación The Workers of Our Lady of Mount Carmel de Garabandal Inc (Los Trabajadores de Nuestra Señora del Monte Carmelo de Garabandal). Hoy día los trabajadores de Nuestra Señora por todo el mundo son testigos de ello.

El 8 de diciembre de 1977, día de la Inmaculada, se casó con Marilyn Luther. Después de su casamiento, Joey y su esposa se dedicaron a completar su plan de viajes para difundir el Mensaje de Garabandal. Desde el año 2002, The Workers of Our Lady of Mount Carmel, Inc., inician la difusión de las apariciones a través de la red Internet y la difusión por este medio llega rápidamente a todo el mundo.

Fuentes: Virgen de Garabandal, Signos de estos Tiempos

 

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